Sobre el libro ESTO NO EXISTE de Juan Soto Ivars

El autor presenta un extenso trabajo sobre un tema sumamente intrincado y complicado, y a pesar de pensar que no resuelve bien ni con el tacto suficiente dicho tema, más allá del autor su lectura nos obligará a pensar y repensar lo suficiente como para que valga la pena dedicarle un tiempo y extraer nuestras propias conclusiones.

Vaya por delante que en mi opinión este es un libro que vale la pena ser leído, pues obliga a la reflexión y las ideas que pueda tener un lector crítico le serán enriquecedoras.

Sin embargo, dista de ser un gran trabajo que sirva para plantar cátedra.

Su principal fallo es que el motivo del mismo, el que da título al texto, no es el más trabajado ni el más extenso, así como la metodología muestra importantes fallas.

Para empezar, que en realidad son dos los temas tratados: una extensa disertación a caballo entre el ensayo y un larguísimo artículo de opinión sobre el feminismo institucional, por un lado, y por el otro el tema de las posibles denuncias falsas en violencia de género.

El primer punto ocupa más o menos las primeras 100 páginas del libro y otras 100 o 150 diseminadas entremedio del que se supone es el tema central del trabajo.

Centrándome en las primeras 100, las fuentes (en extremo señaladas, llegando a los 281 pies en 93 páginas) son pobres, puesto que la mayoría son frases descontextualizadas extraídas de periódicos –no en pocas ocasiones simplemente sus titulares-, youtubers e incluso tweets. Teniendo en cuenta el nivel de la prensa actual, así como los exabruptos de X, estos sirven para escandalizarse, pero no hay que perder el oremus: se producen miles y miles a diario, y sin saber el número de cuantos por el estilo a los mencionados se escriben enfrentados al porcentaje de aquellos que dicen lo contrario, esto solo sirve para darle peso a ideas ya confirmadas previamente y que parezcan una generalidad cuando en realidad son una visión muy sesgada que, además, responde a diversos factores: el beneficio que sus autores pueden sacar con ellos (autopublicidad, un clic rápido, etc.), la facilidad por escribirse algo que uno ni piensa (o, por lo menos, no ha pensado en profundidad) pero comenta, la baja capacidad intelectual de quien lo rubrica, el interés ideológico de una persona única y por ende no extensible a un colectivo, la facilidad de dar un titular en la prensa reproduciendo lo que alguien ha dicho buscando el impacto (siendo este, por desgracia, la finalidad última muchas veces de la prensa, más que la verdad [motivo también por el que no parecen tener un código deontológico que les obligue a entonar el mea culpa al exponer datos falsos o erróneos, como muy bien expuso justamente Soto  Ivars en ”Nadie se va a reír”]), etc. Además, el libro está lleno de hipérboles del tipo “se generaron cientos de titulares como este”, pero vas a la nota que lo referencia al final del libro y tan solo hay una noticia, en no pocas ocasiones, de un medio poco fiable (si es que, hoy día, existe alguno que de forma general sea fiable). Total, que haciendo partes por el todo y sin mostrar contrarréplicas construye su discurso que, por cierto, aporta poco nuevo.

Otro elemento que quita fuerza al texto –y es una pena, pues el tema, según yo entiendo, es importante- es el tono capcioso del mismo. Para que se entienda mejor: exhala un léxico picajoso incluso cuando los datos que da son reales, con un “gustillo de listillo” y en una obra que trata dicho tema creo está fuera de lugar. Aun así, hay algo que remarcar: no creo que se invente nada; simplemente, expone hechos sin contrarréplica, dejando al lector con la obligación de ser crítico con lo que lee pero sin facilitarle motivos, por lo que estos seguro que por los sesgos de confirmación quien antes de abrir sus páginas este de acuerdo o en desacuerdo con lo que el relata solo verá reforzada su opinión. Esto me parece muy triste en un libro que podría abrir un interesante debate donde cada uno puede alimentarse de unos hechos que maticen sus posiciones preconcebidas. 

Volvamos a las ideas capciosas con un ejemplo. En varias partes del libro comienza a desglosar la morterada de dinero público que se ha dado a proyectos con perspectiva de género, muchos de ellos sin sentido. Esto, en verdad, es generalista con las políticas públicas: en vez de crear centros dirigidos por ellos, se hacen donaciones importantes para que asociaciones civiles gestionen aspectos que podrían depender de dichos organismos. Pensemos en el fin de las perreras municipales en pro de asociaciones que se llaman “refugios de animales”, que, en vez de cobrar de una institución, podrían estar dirigidas por la institución misma y así estar más controladas. Pensemos también en las subcontratas que llevan tantos pisos de menores tutelados, con los que las instituciones se lavan las manos cuando aparecen titulares que anuncian que algunos menores ejercen la prostitución, en vez de existir un plan de verdadera responsabilidad por parte de los gobiernos autonómicos cuyos esfuerzos sirvan para que realmente estas personas salgan adelante. 

Pues bien, entre ejemplos vergonzantes que hablan claramente de que bajo el título “feminismo y violencia de género” hay dinero que se va a cosas objetivamente cuanto menos dudosas, el autor nos habla de un ayuntamiento que destinó 1’2 millones para proteger a 80 mujeres en riesgo de exclusión social al que no pueden acceder hombres. Mi pregunta es: ¿ese ayuntamiento tiene programas generales al que pueda acceder cualquier persona que se encuentre en la calle? Si es así, ¿tiene algo de malo el que exista uno específico para que mujeres en riesgo de exclusión social y con sus propios traumas vivan sin hombres? Cojo la calculadora, pues soy de letras y 1.200.000 € me parece muchísimo. Pues el proyecto para 80 mujeres sale a 15.000 € por mujer y año. La verdad, pensar en dar un techo, alimento, ropa y posibilidad de reinserción social con ese montante no me parece demasiado. Pero bueno, es que este es uno de los fallos del libro: muchas veces acaba juntando churras con merinas, exactamente igual que hace ese feminismo institucional que ataca.

Podría seguir, pero creo que ya he hablado suficiente de los aspectos menos admirables del libro.

Algo bueno que tiene es que, si bien expone una visión sesgada de los hechos buscando aquellos que prueben su discurso sin apenas contrapuntos –los cuales, por lo menos, aparecen en las partes más importantes del texto–, algo bueno es que no se inventa nada. Ojo, que no decir mentiras dista mucho de decir la verdad, pues esta es inalcanzable y acercarse a ella requiere de un sinfín de datos, siendo estos difíciles de obtener, pues nada más sesgado que los datos oficiales.

Cuando abarcamos el drama de las denuncias falsas o instrumentales, la primera sensación es de relativa esperanza: de las denuncias que llegan a ser juzgadas, más del 80% concluyen con una sentencia condenatoria del acusado, por lo que las denuncias que se archivan por no ser probadas son las menos. Esto implica dos cosas: que de las 62.173 denuncias a las que se dictó sentencia en 2024 fallaron a favor de la denunciante y por ende, en principio, la inmensa mayoría no mienten, así como un 20% entrarían dentro de la categoría de no probadas, y dentro de estas tendríamos un porcentaje elevado en que el acusado no había hecho nada, por lo que el sistema funciona.

Pero claro, aquí comienzan el baile de números que el autor no es capaz de aclarar (bien por la imposibilidad de hacerlo, bien porque el trabajo resultaría ingente, requeriría del apoyo de las instituciones y estas, eso sí, mienten descaradamente).

Me he entretenido en buscar los datos oficiales en bruto (los cuales, es triste decirlo, no pasan por los filtros del Ministerio de Igualdad, razón por la que no están sometidos a una intencionalidad política).

Una denuncia por violencia de género implica la detención del denunciado per se. Esto no ocurre con otros delitos o no siempre, y algo que me apena muchísimo: violencia de género tan solo es aquella que inflige un hombre (con excepción de que se haya auto percibido previamente como mujer en el registro) a su pareja o expareja. No voy a entrar en el debate de los hombres maltratados para que esto no parezca una justificación del tipo “y tú más”, pues realmente lo que me sofoca es la indefensión de una mujer ante otros postulados igual de peligrosos: así, una mujer agredida por su primo, su padre, su suegro o su hermano no es víctima de violencia de género, del mismo modo que una mujer agredida por su pareja tampoco lo es si esta es otra mujer. Horroroso. Primero porque implica que tan solo se percibe y merece especial protección aquella mujer cuyo denunciado sea su pareja o expareja y no por el mal sufrido. Segundo, porque niega la mayor de que una mujer puede herir, insulta o matar a otra mujer.

Volvamos otra vez a los datos, que para algo me he molestado en mirarlos: se presentan de media 200.000 denuncias por violencia de género cada año, de las cuales en 2024 menos de la mitad (62.173) fueron a juicio y tienen una sentencia firme, un 80% de ellas condenatorias. ¿Qué pasa con las casi 130.000 que no llegan a juicio? No puedo creer que la mayoría sean falsas, aunque mis ideas feministas radicales, quizá algo anticuadas, siempre me han hecho pensar algo tan estridente como que las mujeres son personas igual que los hombres, y por ende pueden mentir. Aun así, no creo que existan 130.000 personas cada año en España poniendo denuncias falsas solo para joder a su pareja. ¿Qué ocurre con ellas? ¿Por qué las retiran? Silencio.

Otro dato, este oficial: el número de denuncias falsas sería del 0'0084%. Esto sería maravilloso, pero de ser así, implica que casi un 20% de los maltratadores que llegan a juicio quedan impunes. Si esto es así, la ley VioGén está haciendo aguas. Pero claro, aquí hay gato encerrado: que un juez sentencie incluso la inocencia de un acusado no contabiliza como denuncia falsa, pues solo lo hace en aquellos casos que el denunciado en falso o la fiscalía abran otro juicio y allí se sentencie que la primera denunciante mintió de manera intencionada.

Siempre he pensado que la exageración de los hechos los empobrece. Si uno escucha que durante la Segunda Guerra Mundial mataron a 20 millones de judíos y luego al leer un libro ve que fueron 6, esa cifra demoledora parece poca. Si a alguien le dicen que el catalán durante el franquismo fue perseguido con uñas y dientes pero al hablar con sus padres (mi caso) o sus abuelos (mi caso también) escucha que ellos lo hablaban incluso en la calle (mi padre en un pueblo, mi madre en Barcelona) y que nunca les paso nada, pero que se guardaban de hablar en catalán a un Guardia Civil y algunos profesores o curas (esto que digo es cierto: en algunos seminarios catalanes, en los años 60 de la dictadura estaba la política de hablar entre los seminaristas en castellano, menos con los que eran de territorios donde no existía dicha lengua, hablándoles a estos en catalán para que todos dominaran los dos idiomas) pues parecen unos exagerados quienes hablan de represión lingüística, que sí la había. Pues aquí lo mismo: si de 200.000 denuncias se anuncia a bombo y platillo que solo son falsas el 0’0084%, lo dejas a huevo para que venga Vox y te diga que realmente de esas 200.000 solo se prueban 67.000, y que como no se quiere saber qué ha pasado con el resto, pues estas serán falsas.

Como digo, esta es la parte más reseñable del libro, pues muestra datos que no encajan y ahí viene la pregunta del millón: ¿qué pasa con la persona honrada que jamás ha hecho daño a nadie y se ve metido en un proceso judicial en el que debe demostrar su inocencia partiendo de que la palabra de la acusada vale tanto como para llevarlo esposado al calabozo? Indiferentemente del asco que, de un delito, la pena que genera una persona inocente es algo simplemente propia de la empatía humana. Y no solo una denuncia falsa, pues en este país, con lo dilatados que son los tiempos, la posibilidad de meter recurso sobre recurso, etc., el trauma de pasar por un proceso judicial, de lo que sea y tanto como víctima como falso acusado es tremendo y no hay vises que nadie lo tenga que arreglar. Aquí se abre otro melón, pero el autor no remarca, y puesto que en su trabajo va de lado a lado pienso que darse una vuelta también por aquí hubiese sido bueno, el sufrimiento general que sufre un ciudadano en un proceso judicial.

La exposición objetiva de algunos casos atroces da cuerpo a estas ideas en el libro, y son, además, las mejores y por las que vale la pena leerlo (en verdad, si hubiera dejado todo el tema del feminismo para otro libro y se hubiera centrado en lo que reza el título, con 150 páginas y un buen trabajo de gráficas quizá hubiese conseguido uno de esos extraños caso en los que una investigación consigue llamar suficientemente la atención como para hacer el mundo un poco mejor).

Sigue el tema de la manipulación de la prensa, en un tono que recuerda al de las 100 primeras páginas, perdiendo fuelle, para acabar con sandeces ideológicas impuestas a los jueces, la práctica prohibición del SAP (síndrome de Alienación Parental) pero la potenciación de su versión femenina e intransferible que es la violencia vicaria y el lugar en que quedan los hijos.

Por último, una cosa más debo remarcar: a lo largo del libro habla de cientos de entrevistas con abogados y abogadas, jueces y juezas, además de hombres víctimas de denuncias falsas, pero no sabemos al final ni cuantas entrevistas y casos fueron realmente (nuevamente la hipérbole “cientos de” enmascara un dato concreto), pero en ningún caso menciona una sola reunión con víctimas reales de violencia machista (quizá piensa como el gobierno con las víctimas de la dictadura: que ya se ha hablado demasiado de las víctimas franquistas y que hay que redimir a las otras). Entiendo que estos datos no se muestren por confidencialidad, pero al final, se cuentan un puñado de casos resumidos muchos de ellos en menos de 10 palabras, mientras dos o tres casos también con pseudónimos sí poseen unas cuantas páginas más, pero tienen más espacio casos conocidos de mujeres a las que la prensa consagró como madres protectoras que, por lo menos según lo que el autor ha indagado, en realidad eran secuestradoras que buscaban apartar a sus hijos de sus padres.

Para acabar: echo muy en falta la presencia de imágenes documentales de algunos de los casos que narra; ni una denuncia con los nombres ocultos, ni la primera página de esos ataques de más de diez denuncias seguidas todas ellas falsas que se mencionan, así como tampoco he podido ver ni leer exactamente una sentencia desfavorable para la denunciante (el autor las describe, que no trascribe, aunque alguna sentencia puede que esté online y quizá me entretenga a mirar si es así en los pies de página/fuentes).

Aun así, la conclusión de mi lectura es la siguiente: pudiendo comprender y en general estando de acuerdo que la posibilidad de peligro para una persona sea tal cómo el que trata de impedir la ley contra la violencia de género, que permite acciones previas quizá tan solo semejante antiguamente al terrorismo, ¿No debería ser este tipo de protección extensible a otros posibles casos de igual peligro [el acoso que sufra una mujer por un hombre obsesionado con ella pero que no es su pareja ni su expareja, por ejemplo]? Y también: ¿No debería existir un plan para devolver la dignidad y apoyar emocionalmente a una persona que ha sufrido una injuria tan grande como una falsa denuncia de violación de su pareja y sus hijos, y que ha sufrido todo un calvario judicial durante años siendo inocente?

Ojo, nada más lejos de que yo piense que la mayoría de los denunciantes mienten. Pero negar que esto pueda suceder, aunque sea en un 0'0084%, no tiene sentido. Que pueda pasar creo que es razón suficiente para pensar en esas pobres personas, sin que esto quite un ápice del apoyo y empatía que siento por cualquier mujer que sufre algo tan atroz como que aquella persona que debería hacerla feliz le esté destrozando la vida y, en el peor de los casos, se la quite.

  • Marc Borrás Espinosa es Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de València, Master d'Estudis Avançants en Hª. de l'Art de la U. de Barcelona, Investigador del Centre d'Art d'Epoca Moderna de la Universidad de Lleida.