José Millán Astray Terreros, Caballero Legionario
A mis catorce años, el Delegado Provincial del Frente de Juventudes de Castellón, Javier Cerón Ayuela, me nombró jefe de la Centuria de flechas “Antonio de Leiva”, de Segorbe. La centuria llevaba el nombre de aquel soldado navarro que fue un brillante capitán de los heroicos tercios españoles. En el encuadramiento de la centuria una escuadra tomó el nombre del mítico general José Millán Astray –mandada, por cierto, por el hijo de un miliciano cenetista muerto en Lucena durante la guerra civil- De aquel entonces procede mi admiración por este legionario tuerto, cojo y manco que tanto recuerda a otros soldados, a otros héroes de la historia de España: al marino Blas de Lezo y Olavarrieta –el medio hombre– y al escritor Miguel de Cervantes –el manco de Lepanto-.
Recientemente una comisión del Ayuntamiento de Madrid, presidida por la polémica concejala Rita Maestre, acordó suprimir del callejero urbano la dedicación y el recuerdo a un héroe de España, me refiero al general José Millán Astray.

Comunicamos a nuestros lectores que el próximo mes de octubre la Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil presentará el libro titulado “Los Dragones de Lusitania. Los últimos caballeros de Flandes” cuyo autor es el Teniente Coronel de Caballería y Doctor en Historia, nuestro común amigo Juan Delapuerta.
Ayer 1 de Agosto, comencé el día con varios whatsapp sobre la paz en el mundo.. Europa está preocupada por la paz, pero las noticias de Oriente Medio en Siria e Irak, son devastadoras desde hace mucho tiempo. El Papa Francisco ha afirmado que hay más mártires ahora que en los primeros tiempos de la Iglesia y lloró cuando supo que habían crucificado a cristianos en Siria.
Entre las cuestiones de nuestro tiempo que más invitan a la reflexión, se ha de señalar, sin duda, la ausencia de Dios en la mente y vida del hombre postmoderno en la sociedad de consumo. Por primera vez en la historia, una sociedad, la nuestra, vive sin apenas referencia alguna a Dios en lo que podemos calificar como un ateísmo práctico. El término es acertado, porque una inmensa mayoría de gente cree en la existencia de Dios, sea por educación recibida, sea por propia reflexión, pero esta débil creencia apenas tiene trascendencia en sus vidas: creen en Dios, pero viven como si Dios no existiera. A pesar de que grandes masas de gentes, en el siglo veinte, han vivido bajo regímenes totalitarios que han impuesto un ateísmo feroz y militante, todavía es mayoritaria la proporción de creyentes en Dios en nuestro mundo.