La historia de España puede analizarse desde muchos puntos de vista. En este momento me propongo verla desde dos conceptos opuestos: fortaleza y debilidad. Siendo como son dos palabras de uso corriente no es preciso profundizar en su significado. La idea es intentar alumbrar la relación que con el poder han tenido ambos conceptos.
Desde que esta tierra comenzó a funcionar como un conjunto, más o menos homogéneo, la figura utilizada para ostentar el poder ha sido la monarquía. Esta institución, como otras muchas, ha ido adaptándose a los tiempos, un poco por conveniencia y otro poco por necesidad. En cualquier caso no vamos a cuestionar, de manera pormenorizada, los rasgos de las distintas formas de gobernar de dicha institución.
Lo que se pretende con estas líneas es poner de manifiesto que la fortaleza, o debilidad en su caso, de los distintos reyes tuvo una importante repercusión en la cohesión de los territorios. Los actores protagonistas en tiempos pretéritos eran la monarquía, la iglesia y la nobleza. Posteriormente entró en juego un cuarto elemento: el pueblo llano, ese que ahora es el depositario de la soberanía nacional y que entonces no se le tenía en cuenta para nada. En eso no hemos cambiado demasiado, por más que se nos quiera hacer ver lo contrario.
En líneas generales veamos unos cuantos casos que nos sirvan de ejemplo para mejor entender la cuestión planteada. La primera monarquía que como tal se coronó en Hispania es la visigoda, siglos V a VIII, y no era hereditaria. Sus leyes, que arrastraban elementos germánicos, contemplaban la monarquía electiva. Cuando había que suceder a un rey, por muerte natural o violenta, esto último se dio más veces de lo políticamente correcto, los candidatos se postulaban y los nobles, en función de sus intereses particulares se decantaban por uno o por otro. Es fácil imaginar el mercadeo de tierras, dineros, privilegios y demás preventas que se ponían sobre la mesa de negociación. El candidato que más mercedes otorgaba era el elegido. La monarquía se debilitaba y los nobles y terratenientes se hacían más fuertes.
Pasamos por alto la invasión musulmana e iniciamos la Reconquista. La monarquía astur- leonesa ya no era electiva sino hereditaria. Aparentemente este sustancial cambio la haría más estable y fuerte. Salvo excepciones los reyes no fueron tan consistentes como cabía esperar pues sus recursos, en buena medida, los gestionaba la nobleza siempre díscola y avariciosa de tierras y de poder. Los nobles medraban en la corte para hacer del rey un personaje manejable que atendiera sus particulares intereses.
En el resto de los reinos de la península son los reyes de reinos divididos que negocian con el moro cada uno por su cuenta. No hay unidad de criterio entre ellos. En los buenos tiempos del califato cordobés la fortaleza del califa, única autoridad política, religiosa y militar permitió someter a, prácticamente, todos los reyes cristianos. Todos los actores del momento tenían claro quién era el fuerte y quienes los débiles. Sólo cuando en las raras ocasiones que los reinos cristianos llegaron a unirse consiguieron hacer frente al poderío musulmán. La unión lleva aparejada la fortaleza. La división, los intereses particulares, el egoísmo propio desemboca, de manera inexorable, en la debilidad.
Dando un salto en el tiempo llegamos a un momento crucial en la historia de España: la batalla de las Navas de Tolosa, año 1212. El ejemplo más claro, junto con la batalla de Simancas, año 939, donde queda patente que la unión hace la fuerza, sinónimo de fortaleza. Entonces, con toda probabilidad, el factor de unión más importante era la religión. Me da igual el motivo. Sospecho que también entrarían en juego intereses menos confesables. El resultado del esfuerzo es lo que me interesa. Juntos fueron más fuertes.
Momento clave en la fortaleza de la monarquía es el reinado de los Reyes Católicos. Ambos cónyuges, en sus respectivos reinos, pues no olvidemos que eran eso dos reinos distintos, consiguieron negociar, someter, o como quieran llamarlo, a la nobleza. Los reyes unifican sus respectivos reinos recortando prebendas a los insaciables nobles y marcando el camino a seguir para conseguir sus objetivos. No es necesario recordar los logros y grandes gestas que tuvieron lugar bajo su reinado. Desde la batalla de las Navas de Tolosa la fortaleza y la debilidad habían cambiado de bando. Isabel Y Fernando consolidaron esa situación.
Con la llegada de los Austrias la monarquía alcanza cotas nunca vistas, fundamentalmente con los Austrias mayores, Calos I y Felipe II. España, gracias entre otras cosas a la unidad, se consolida como un imperio poderoso y solvente. Sus unidades militares, los tercios, son el reflejo de la fortaleza de sus reyes. No se discute la particularidad de los territorios, de las regiones, de los pueblos. Bajo el paraguas de la monarquía todos convergen para hacer de España una nación grande. La fortaleza veranea en España. La debilidad deambula por otros lares.
La llegada de la dinastía borbónica supuso un punto de inflexión pues, aunque la institución era consistente, los intereses de otras naciones junto con la connivencia de nuestros dirigentes debilitaron el poder de la nación. Creo que por pura inercia la nación siguió adelante pero desde el inicio ya se vislumbraba la decadencia.
Esta sucinta exposición solo persigue dejar claro que un poder central fuerte es crucial para generar una nación fuerte. Me es indiferente el modelo de gobierno. Si me he centrado en la monarquía es porque en España, tradicionalmente, ha sido la forma de gobierno. Naciones hay en nuestro entorno que han optado por la república y no les va mal. Tampoco reniego de la institución monárquica si, como es el caso actual, desempeña adecuadamente sus funciones.
Piensen en la que se considera la primera potencia mundial, EEUU. Si en lugar de aglutinar a todos los estados miembros bajo la tutela del poder federal y cada estado miembro fuera por libre, la fuerza del conjunto se diluiría en posturas e intereses de cada uno de sus federados y la fortaleza, de la que ahora hacen gala, se vería seriamente afectada.
La situación que en estos momentos vivimos en España es bochornosa. Una nueva y artificial nobleza, disfrazada de políticos, se afana alrededor de un débil gobierno central restándole competencias a un Estado cada vez más vacío de contenido. De nuevo la fortaleza y la debilidad han mudado su natural estado. El poder central está debilitado hasta el extremo y los poderes periféricos se han fortalecido ocupando el vacío que se les ofrece en bandeja de plata. Por si esto fuera poco se le transfieren competencias y caudales a quienes presumen, sin reparo alguno, que su objetivo final es separarse de España.
Dado mi manifiesto respeto por la historia de España, si yo fuera el responsable de esta lamentable situación mi principal anhelo seria que la historia, en un gesto de bondad, me olvidara.
P.D. Damnatio Memoriae Es una expresión propia del Imperio Romano mediante la que se condenaba al olvido a algunos personajes que no habían estado a la altura de los intereses del imperio. Se borraba su nombre de todos los lugares públicos e incluso se prohibía pronunciar su nombre.
